El Cicciolina

Le dejó todo su dinero a una asociación para perros callejeros. Sally Cohen murió de cáncer de pulmón en un hospital judío de Melbourne. Lila era su enfermera. Antes de expirar le dijo que nunca amó al veterano de la Segunda Guerra con el que se casó. No le quise, era un borracho. Como no tuvieron hijos, su gran amor fue Gustav, un foxterrier miniatura. Gustav había muerto hacía trece años y su esposo hacía diez ¿Puedes creerlo? El muy sinvergüenza sobrevivió a mi Gustav.

Caminábamos con Lila por la acera izquierda de la calle Wreckyn. Silenciosos los alrededores. Un Uber se detuvo y nos preguntó con acento del Punjab que si conocíamos a Rosario Stuart. Lila lo ignoró. Yo la secundé con una mueca de ni puta idea, ¿Quién es Rosario Stuart?

La noche cayó como de lo alto. Una mujer con anteojos de sol cruzó la calle. Recuerdo el tapear de su tacón sobre el asfalto. Hablaba por su móvil. Su acento me hizo olvidar que estábamos en Australia. Y Lila en su mundo. El Cicciolina siempre está lleno no importa el día ni la hora en que vengamos. Ella ordenó gnocchi con cordero. Pargo rojo para mi y vino blanco, por favor. Te lo sirven en una cubeta con hielo que te instalan al lado de la mesa. El vino blanco me hace doler la cabeza pero recurro, Félix. A mi lo único que me fastidia es la luz de neón. La mujer de las gafas era Rosario, la reconocería a una legua, ella es la dueña de la noches de Saint Kilda.

Durmiéndome por el cambio de horario la escuché. No quería decir mucho para darme tiempo de conocerla mejor. Creo que el delirio de Lila es la impunidad de sus juicios y un vago temor a sus propias ideas. No te suelta nada suyo ni con un par de copas. Era la tercera vez que nos veíamos. Ella siempre ha hablado de terceros. Quisiera disecar sus declaraciones para entender su anatomía. No ves que me vale un huevo la tal Rosario y los puñeteros perros millonarios y hasta la tal Cicciolina ¿Sabías Lila que la eligieron al parlamento italiano como diputada? Lo pienso pero no lo digo. Para qué alimentar sus conjeturas. La doble moral romana de sexo oral, Ilona Staller y El Vaticano no son lo suyo. Lila no sabía que la Cicciolina significaba juguetona y gordita. Se lo dijo la camarera. Para ella era una cuidad italiana o una forma de preparar la pasta ¿Por qué han escogido ese nombre para el local? Es la dueña y viene de vez en cuando.

Pero el jetlag distorsionó el desentonado monólogo. Destemplados estaban los tonos del mantel. Nos marchamos sin postre. ¿Estás borracho? Siempre puedo beber más.

Caminamos por Saint Kilda arrastrando los pies. Yo por lo menos. Lila tal vez temiendo que sus deseos compitieran con mis pensamientos sobre mujeres juguetonas y gorditas. La verdad es que me dormía. Una brisa marina, un tanto olorosa y salina, me empujó hasta un taxi gigante. Lila se quedó pasmada en la mitad de la calle viéndome marchar en cámara lenta. Su cuerpo haciéndose pequeño, su pelo al viento, su falda y su bufanda a juego.

Llegué al hotel para reflejarme solitario en el espejo del cielo raso. Sin camisa, con un dedo en el ombligo, pensé en lo lejos que estaba Oceanía. Lila tenía el turno de la noche en el hospital y yo el primer vuelo a Sydney.

Rosario vive en esa torre, me dijo al salir del Cicciolina. Señaló un edificio de medio billón de dólares. Rosario Stuart es la biznieta de una duquesa pero le falta estilo, vive de la renta y viaja a Tasmania de vez en cuando para caminar sola por la playa. Todos la conocen pero no la identifican, es como una de esas caras conocidas que nadie sabe dónde la ha visto. Lila creía que Rosario se había descompuesto con los años. Usa drogas sintéticas y anfetaminas. Vino a su hospital una noche con el temor de una sobredosis. Me quedé dos horas más pasado mi turno para atender a la señora del cabello zanahoria. Rosario dijo que no sentía compasión por nadie así que entendía si yo la desdeñaba. Hago lo que puedo, le dije sin saber que era ella, y la dejé vomitando en una palangana. Dijo no tener familiares aunque se le conocen tres hijos de padres distintos. Bellos de acuerdo a los estándares locales. Altos y surfistas. Van a Bondi Beach a asolearse y allí les hacen fotos los paparazis ¿Quiere que venga alguno de sus hijos? Ya le he dicho que no tengo familiares ¿Me puedo ir ya? Lorn Pardee vino a reemplazarme y estaba encantado con Rosario. Lorn se conoce la farándula de Hello de tapa a tapa, creo que hasta se hizo fotos con ella jurándole que nos las reproduciría. Las he visto en su Facebook. Algunos pagarían millares por una pose con Rosario. A mi me pareció una mujer triste, más triste que Sally Cohen. Le faltaba el leve brillo de compasión animal de aquellos que tienen mascotas.

Cómo me gritaba que hiciésemos el amor durante la cena. Lo decía con sus gestos, con la forma de llevarse el tenedor a la boca, con sus pestañas. Lamento no haberle comunicado mis sentimientos. Como siempre me escondí detrás del pilar de mis excusas. Viajo mucho, duermo poco, no soy de nadie. Lila esperaba que pasara algo, eso estaba claro, pero lo contuvo hasta la cena y con vehemencia me miró, rozó mis rodillas con las suyas, me preguntó si ya había superado la ausencia de Thalía.

A Thalía hace tiempo que la dejé ir, aunque quedan sus vestigios. Se olvida casi todo. Pero Thalía es un espectro y Lila un evento. Hermosa, sí. Con el talento de quien salva vidas. Pero le falta algo y ese algo lo esconde en su retahíla. Nada exorbitante, todo muy tácito, como los sentimientos de un sueño. Mi conclusión es que no tiene nada que encubrir bajo una sombra de duda y por ende nada que dejarme entrever. Nada que me invite a entrar para buscar en lo inhóspito. Por eso la dejé parada en la mitad de la calle después de besarla en un punto indefinido del rostro. Adiós Lila, gracias por esta velada.

Y Lila se deshizo al doblar la esquina sobre el carril derecho. A Ilona Staller y a Rosario Stuart si me las traje al hotel para hacer un trío. Ahora las veo reflejadas, exhaustas, junto a mi. La brisa de Melbourne azota los arboles y todo se va haciendo blanco, nulo, vacío.

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El transeúnte del Valle del Otún

Arroz El Virrey (foto & texto de Amachinte)

Un transeúnte del Valle del Otún me dijo, el dos de mayo bajará la libra de arroz… siempre pasa después de la fiesta del trabajo. El dos, cuando el precio bajó 19 pesos, me fui a la plaza de Corabastos y compré 30 libras. El negocio empezó así, y diez dos de mayos después, capitalizo en bolsa con Arroz El Virrey. No que sea un chapetón, un criollo o que viva en la época de La Colonia, pero es que aquí todavía lo real pesa. Así mismo el arroz, que casi ni se produce en el país. Lo importamos, reembolsamos y revendemos. Cada dos de mayo bajaba. Pero entendimos el truco. Ahora hay que contar los días y calcular las tendencias. Saber cuando lo almacenamos y dejamos de distribuirlo para que el precio baje o suba y no afecte la ganancia.  El valor sube por desinformación y baja por superproducción. El voz a voz controlaba el mercado. Todavía lo hace pero de una forma más sofisticada. El transeúnte del Valle del Otún lo aprendió en el mercado de la calle. Tal vez fuera un cotero. Hoy está muerto. Lo leí en el dominical La Perla. Reconocí su rostro. No sabía su nombre hasta ayer. Me pasé por la funeraria y vi a su esposa sollozar junto al féretro. Le dije a los que parecían sus hijos,  Tienen trabajo si lo necesitan. Me miraron con disgusto, como diciendo, ¿quién es este aparecido? Le quise dar un sobre con dinero a la señora. Preferí pagar los servicios funerarios.  Este hombre al que vi una vez en la vida, Víctor Manuel,  tenía el secreto del arroz y se murió sin él ¿Por qué me lo dijo a mi?  Difícil saberlo. Tal vez lo repetía sin eco hasta que alguien lo escuchó. Fuese un ente observador o el secretero del arroz, hoy vivo a cuerpo de virrey gracias a él.

Las moralejas de la muerte

“Dice que el ribete del sol durará iluminado dieciséis minutos alrededor de la estratósfera de la luna. El resto será tiniebla” (foto y texto de Amachinte – Portoalegre 2011)

Antes de salir de casa, Martha me dice que dos de los hermanos de sus amigas han muerto en la misma semana. En el portal, una mujer se me acerca y me pregunta que si las baterías de los coches pueden morir a causa de una alarma. Le digo que no sé. Se alarma. Camina hacia sí, se hace un nudo tratando de interpretar el lenguaje de los cables. Dice que su marido la matará si lo llama a contarle que el coche no enciende. Morir, matar. Tratar a la muerte como si nada. Así es como debe ser. Es la forma de ignorarla para que no se vaya apoltronando. Imposible. Es la dueña. Nos hipoteca un tiempo, pero tarde o temprano la tasa de interés nos rompe. Terminamos en bancarrota. Vivimos ignorándola, pero ella sabe que tarde que temprano a ella iremos a pedirle un crédito. El hermano de la amiga de Martha, uno de los que se murió esta semana, tenía 41. Su madre hubiese querido irse en su lugar. Las madres dicen que a ellas les corresponde irse primero. Lo llaman la ley de la vida. Pero la vida no tiene ley. La vida es una ley en si misma. Una ley que caduca. Una ley que según Wikipedia viene del latín lex, legis, “es una norma jurídica dictada por un legislador”, es decir, un precepto establecido por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia. Su incumplimiento trae aparejada una sanción. El incumplimiento de la vida es la muerte, y esa en sí misma su sanción ¿Pero quién es el legislador? Pablo Donato, que no cree en dios, dice que no se puede llamar ley a la vida porque no existe normativa jurídica que la legisle. Conozco poco de leyes. Podría estar de acuerdo con Calderón, la vida es sueño. Pero sueño de ilusión no sueño de dormir. Es la fugacidad. Sí, la brevedad misma, lo que parece un sueño. Ya sea por su falta de lógica o por lo breve de su existencia. Donato es un amigo de la familia. Martha es mi hermana. Y me dice que me lo paso haciendo comentarios irrelevantes. Anda, mejor cuéntanos la historia aquella del chico que vendía rosarios.

 El chico que vendía rosarios, era hijo del carnicero del pueblo. Un buen día, caminando hacia la catedral se encontró con una viuda que le dijo Reza por ti. No tengo tiempo, contestó el muchacho. Anda, reza por ti. ¿Por qué habría de rezar por mi si al perder mis horas de trabajo estaría dejando de dar de comer a mis padres ya ancianos? Tu padre es carnicero, hambre no llenará tu mesa ¿Cómo sabe quién es quién? Pregunta el delgaducho cuya función era aprender a sumar y andar las calles vendiendo rosarios. Despilfarras tu tiempo, dice la mujer. Y tomando un rosario de sus manos lo rompe al punto donde los Misterios se juntan interceptados por el Gloria y el Padrenuestro. Las veinte decenas saltan por la calle, la alcantarilla, el arcén, el jardín. Usted es malvada, señora. Cuenta cada Doloroso, enhebra los Misterios Luminosos, reza, que ese debe ser tu oficio, te ocupas en darle oraciones a los otros y te has olvidado de ti, reza, que hoy vine a por ti, pero me ha dado pena llevarte.

Dice Martha que esa mujer es la muerte. Pablo Donato dice que no, que es una despiadada bruja sin nada más que hacer. Los que escuchan la historia se empeñan en buscarle significado. Alcira dice que la moraleja está en la falta de fe que profesa aquel que fabrica el instrumento de rezo. Donato critica el rezo, Rezar no sirve de nada. Me río. Prefiero caminar por las laderas de este río que se seca en verano y que desborda en invierno. Es un verdadero placer. Imaginarme contando las moralejas de la muerte me produce cierto grado de alegría. La historia del vendedor de rosarios es un clásico de Loratiz. Ese famoso profeta popular nacido en Granada que terminó deambulando las calles del círculo de la Fe aquí en la Santa Bogotá del siglo pasado. Loratiz no murió, dicen, lo encontraron vivo junto a su tumba. Cuando lo vieron gesticulando, Loratiz se puso en pie, le dio la mano a los visitantes, y siguió hacia la Candelaria llevando un librito de hojas garabateadas que dejaba caer. Una de esas, cuenta la historia de la viuda y el vendedor de rosarios. Mi abuela decía que Loratiz no era nada más ni nada menos que Vargas Vila, al que excomulgaron por sus ataques anticlericales. A mi me encanta el matrimonio entre la magia y la religión. Que la viuda es bruja, que la bruja es la virgen María reaparecida. Santo es entonces el hijo del carnicero, el vendedor de rosarios, hasta inmaculada ha tenido que ser su concepción. Por eso aparece en los billetes de diez ¿Quién compra panes con esos billetes? Ahora nada cuesta diez, que devaluado está el vendedor de rosarios.

Pablo Donato me gasta un almuerzo ejecutivo y me dice que mañana habrá eclipse de sol. El último de nuestra era. Así le da de nuevo protagonismo a la muerte. Dice que el ribete del sol durará iluminado dieciséis minutos alrededor de la estratósfera de la luna. El resto será tiniebla. Si lo vemos con una radiografía no se nos quemará la retina. Me invita a que bajemos al barrio El Chicó donde la señorita Alcira y nos tomemos unas polas. Que lo veamos desde allí. Que llegarán tres chicas muy guapas que trabajan por el Parque Nacional. Dice que el hermano de Alcira era un pintor. Ese fue el otro que se murió esta semana, uno de los hermanos de estas amigas de Martha. Murió de repente. Era menor que Alcira. Le gustaba pintar mujeres desnudas. Incluyendo mujeres negras. Alcira se escandalizaba porque es virgen. Dicen que es virgen. No la aparecida, la viuda, la bruja, sino una de verdad. De esas que no han conocido varón. La Luisa García de la que escribió Vargas Vila o Loratiz en Flor de Fango. Dice que Alcira hace unas colaciones regias. Y las chicas éstas que trabajan por el Parque, irán a rendirle tributo al pintor. Alcira le pidió a Donato que estuviera allí para ayudar a calmar los ánimos. Como ella es tan recatada, no quiere aparecer ruda. Y como él es tan adecuado, a pesar de su ateísmo, pues los dos se la llevan bien. Me parece que él va tras su castidad. Para mí que ella cree que él la corteja. Mi presencia es la del distractor, o la del evaluador de la situación. La estrategia de Donato para invitarme fue la imagen de las tres chicas del Parque posando desnudas en mi mente. No las veré sin ropas, pero tal vez me muestren los bosquejos inéditos del pintor que murió de repente ¿Entonces vienes a ver el eclipse? A las tres en punto, Donato, si la muerte no me encuentra descuidado.